Ayahuasca
Medicina del corazón.
Ayahuasca.
Escribo este texto saliendo del último retiro de Reborn Emociones (antes Shine Inside) Un programa que desarrollé junto con mi gran amigo, socio y compañero de aventuras Jose Arce en 2020 y que concluyó con su décima generación. La intención nació de poder acompañar a grupos durante un adecuado proceso de preparación, el trabajo con la medicina y un acompañamiento para integrar la experiencia, con herramientas, prácticas y una contención durante todo el proceso. Para compartir la medicina nos asociamos con nuestro gran maestro y amigo Pepe Ramos. Después de casi 6 años, decidimos cerrar este ciclo. Morir para renacer. Pero quiero dedicar este texto al regalo maravilloso de esta poderosa medicina.
Mi relación con la Ayahuasca me salvó la vida.
No lo digo en un sentido figurado. Estoy seguro que de no haber escuchado ese llamado a finales del 2013, la trayectoria de mi vida estaría en un lugar muy diferente, y de algo estoy seguro, no sería ni de cerca lo que es hoy.
Se ha habla mucho de esta experiencia pero la realidad es que después de aproximadamente unas 70-80 ceremonias en estos últimos 12 años, lo que sea que se ponga en palabras será minúsculo a lo que la experiencia realmente representa. O como diría un amigo “Describir una ceremonia con palabras es como querer describir las cataras del Niagara con un vaso de agua.”
Mi comunión con la medicina me abrió puertas que jamás sospeché. Después de ese llamado, como lo describo a detalle en “Vivir Infinito”, se abrió mi camino hacia sanar. Sanar es un verbo plural, repetitivo y absurdo. Sanamos todo el tiempo, y al hacerlo todos somos sanadores. Un acto colectivo que la medicina nos recuerda al entretejer lo individual con hilos invisibles de historias, patrones y voluntades colectivas, en la expansión liberada del amor que no sana nada, que sólo es.
Gracias a la Ayahuasca conocí a mi Maestra Paola. Gracias a la Ayahuasca me acerqué cada vez más al espacio de la intimidad expandida de la otredad. En los primeros años, gracias a que la vida me puso en estos círculos una y otra vez, pude practicar decenas de veces. Practicar y sentir. Sentir para poder estar. La presencia del espacio, la atención de la suavidad con la que todo se mueve. La violencia contenida en los tejidos de un cuerpo que tiembla, la purga que libera cargas ancestrales. Las lágrimas de alegría por revelaciones que de otra manera serían imposibles de acceder. El milagro de atestiguar un misterio incomprensible, realidades que poco pueden explicarse en este plano.
Gracias a la Ayahuasca conocí a mi Maestro Pepe Ramos, que también escribió el prólogo de mi libro más íntimo. Gracias a la Ayahuasca se abrieron los canales misteriosos que conectan a dios con la vida y obtuve el regalo más hermoso: mi Reborn-René. Gracias a la medicina pude reconocer desde un espacio profundo e íntimo mi relación conflictiva y adictiva con el alcohol. Gracias a la Ayahuasca logré tomar consciencia de mi cuerpo y me puse unos tenis para correr. Gracias a la Ayahuasca logré en este tiempo consolidar un pequeño patrimonio, invertirlo mejor y tener una consciencia profunda de la relación emocional que existe entre la escasez y la pobreza de vida; entre el amor propio y la abundancia. Así que no, no son sólo virtudes espirituales o emocionales las que me ha regalado.
La posibilidad de ver a los ojos mi propia muerte, a mis queridos inframundos, y mis vicios más enraizados, también la Ayahuasca me regaló ser un papá más presente, cariñoso, divertido y cercano con mi Renacho. Por momentos las lecciones eran duras. Sentir el poder destructor que habita el mundo: la violencia, el odio, los resentimientos, los asesinatos me llevó a experimentar la naturaleza más aterradora del miedo, y que el temor venía al reconocer todo eso, también, dentro de mi. Las olas retadoras no eran sólo acerca de los grandes genocidios, sino también sobre los pequeños abandonos, o las micro violencias del ego. La distancia irremediable de mi padre, absorto en las nubes “malviajantes” de la frustración, mi propio patrón de distracción que me lleva a abandonar el amor profundo hacia mi hijo frente a una pantalla.
Las distracciones irrelevantes, tan pequeñas que al pasar desapercibidas pueden acabar con los grandes llamados.
La medicina me mostró el estrecho camino que se despliega dentro de las aparentes paradojas. Entre la autoexigencia y el amor propio. Entre la culpa y la autoaceptación. Entre la ira y el perdón. Entre el abusado y el abusador. Entre la elección y el destino. Y quizás la más compleja de todas para avanzar: La brecha entre la vida y la muerte. Comprender la naturaleza de la existencia como una constante tensión entre aferrarnos a continuar mientras avanzamos sin tregua hacia nuestro final. El absurdo de no saber realmente para qué estamos aquí y confiar absolutamente en que se trata sólo de habitar un presente. Que la vida y la muerte son un despliegue permanente de ciclos que abren y cierran, que crecen y duelen, que expanden para mostrarnos lo más profundo de nuestro conflicto al contraerse. Para avanzar con un sólo paso por delante.
Habitar la contradicción humana de ser mundanos y sagrados. La divinidad de lo inefable y la humanidad que se arquea en vómitos y caca. La divinidad de nuestra creación y el abrazo que no se explica. Los límites de una mente que enloquece ante la falta de entendimiento para revelarse a sí misma dentro de sus propios obstáculos. Que al soltarse se expande. La mente como obstáculo y vehículo.
La Ayahuasca me ayudó a reconectar con mi cuerpo. No siempre, ni de manera definitiva, pero sí como un camino. Me enseñó a respirar. A calmar para observar, para abrir con suavidad las válvulas de la emoción, de entender la energía contenida en mis intestinos, en mis articulaciones, en un pecho expandido que por temporadas se cierra, se rigidiza. La importancia de la flexibilidad, de la postura, de la fuerza que conecta intenciones con cambio, voluntad con impacto, empezando con uno, siempre con uno.
Porque también la Ayahuasca me mostró que nunca voy a sanar a nadie más que a mi mismo. Que cada individuo elije los pasos que está dispuesto a dar. Que no hay “dormidos” ni “despiertos”. Que el sufrimiento puede ser silencioso y solitario, o puede ser el motor para abrir y conectar. Que cada camino es perfecto. Que el error está en buscar la solución del otro, afuera, en la técnica, en la misma medicina, en el suplemento o el régimen de ejercicio o la terapia de x o y, cuando la complejidad de nuestros nudos son únicos e irrepetibles.
Gracias al arquetipo de la madre universal. A todas las madres, todas las vírgenes y todas las diosas contenidas en el femenino. A todas las plantas de la tierra y sus raíces, a los ríos que moldean las montañas que también nos hablan. A los animales que prestan su poder. A los sanadores, médicos, psicólogos, chamanes, curanderos, monjes y practicantes de la virtud y la presencia con otros. Gracias a los artistas, los músicos, los escritores, los arquitectos y los pintores. Gracias a cada ser humano que pone su regalo por delante, lleno de corazón, porque ahí se despliega el milagro del servicio: Dar para recibir aún más.
Gracias a mis maestros, directos e indirectos por mostrar sus propios caminos, lo que nos permite integrar veredas a nuestra propia excursión. En especial gracias a mi primera maestra Paola. A mi amigo y maestro de todos los días Jose. A mi Maestro Pepe en su impecable entrega y el sacrificio que implica “llevarnos y traernos de vuelta” y a su maestro Don José que también, gracias a él, estoy aquí. Gracias a Jean y Claire que bastó una noche para cambiar toda mi existencia. Gracias a Doña Marta y Carolina por su edén sanador. Gracias a mi partner Virginia Navarro AKA Moncaya por ser una abuela sabia de 30 y pocos; Gracias a mis amigos y hermanos Ana Carina Alanís, Esteban, Karen por atestiguar en su florecimiento, los regalos de este trabajo. Gracias a todos los practicantes que me han acompañado en los diferentes espacios, ofreciendo su presencia, su corazón, su propia sanación. Gracias a todos los que comparten hoy estas medicinas desde un lugar de responsabilidad y amor.
Y gracias a todos los participantes que en el camino, confiaron en nosotros para compartir este pedacito tan maravilloso y tan profundo de la vida.
En cada muerte hay un nacer, por eso duele estar tan vivo.
Gracias Ayahuasca, por salvarme la vida, pero más aún, por darle sentido.









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Jose.
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Por la vida! 🫶🏼❤️🔥
Mil gracias por lo compartido.
Por la vida !!!!!