Cuento aspiracional (II)
Mindset Maestro vs el Ruido.
Hace algunos años comencé a hablar. En realidad no recuerdo si antes del silencio pronunciaba palabras pero sí recuerdo el momento exacto en que fui consciente de mi elección. Estaba en el salón de clases y empecé con lo sí y los nos de cabeza. Al principio, las misses del kinder se incomodaron, después se alarmaron y alertaron a mis padres que poco habían reparado de mi continuo silencio. No los culpo, era la menor de 7.
El silencio se convirtió en mi arma y mi placer. Escuchar y escuchar a los demás hasta tener que reducir sus interacciones a preguntas que sólo se pudieran responder con un sí o un no, me entretenía. Me permitía distinguir a los hábiles de mente de los impacientes.
Escribía, sí. Respondía exámenes y en ocasiones usaba lápiz y pluma para solventar asuntos prácticos en casa, un permiso, una necesidad específica. Pero siempre me negué a cargar con un pizarroncito, y lo escrito siempre era por mi elección y a mis tiempos. Nunca respondí a nada que no quisiera contestar.
La vida, escuchada, se hizo más fácil. Comprendí pronto que podríamos ahorrarnos la mayoría de las palabras, o, para decirlo de un mejor modo, muchas veces las palabras poco tienen que ver con lo que se transmite.
Mi etiqueta de muda me permitía, también, olvidarme del significado de lo que escuchaba para adentrarme y reconocer la verdad detrás del mensaje. Así, antes de poner atención a las frases, reconocía emociones. Por momentos jugaba a adivinar intenciones y con los años acertaba cada vez más. Cuando las palabras de un chico se llenaban de nerviosismo ante mi no respuesta, cuando la burla o la violencia se colaban en el tono de quienes siempre esperan palabras de regreso, o el cuidado compasivo de quien sólo comparte para acompañar.
Un día empecé un libro que empezaba con una frase que decía que el universo empezó con un “Sí”. Y muy quedito, sobre mi cama y bajo la luz de la lampara del buró, pronuncié con temor a ser escuchada un “sí”. Un sí quedito que supo delicioso. Un sí que abrió una ventana que no sabía que llevaba tiempo cerrada.
Entonces comencé a decir que sí. Sí. Sí era la única palabra que me permitía verbalizar. No es que siempre respondiera en afirmativo —tampoco me volví imbecil—, simplemente, cuando algo era digno de un sí, directo, fuerte, certero, como si viniera de un experimentado orador, lo pronunciaba.
Así llegó más vida. Un chico que hablaba poco pero me gustaba mucho (quizás por eso) fue el primero en escucharlo. Entusiasmado y sorprendido quiso saber más de mi y me bombardeó de preguntas que se quedaron volando. Lo miré a los ojos. Poco a poco entendió.
—Entonces, ¿sólo vas a decir que sí?
—Sí.
—Pero quiero entender más… Si sí puedes hablar ¿por qué no me compartes más? Te quiero conocer…
—(Silencio).
— Entiendo. Quizás sólo quiero saber si también te gusto.
— Sí.
Y el resto no necesitó más diálogo. Besos y sís se volvieron una mágica manera de comunicar, hasta que llegó un gracias. Y después un ven. Con algo de esfuerzo apareció un te quiero. Te quiero ver. Te quiero recibir. Te quiero abrazar. Nombrar el mundo me costó más trabajo, y finalmente nombrarme a mi. Hasta que un día todo fue muy claro.
El silencio siempre estaría ahí.
Ese día empecé a hablar.
Mindset Maestro.
Durante agosto tendremos nuestro programa Mindset Maestro.
El mejor predictor de nuestras experiencia de vida es el Mindset.
Todos vivimos incómodos de alguna manera. Silencios o demasiados ruidos.
Este taller no pretende cambiar eso.
Pretende compartir una poderosa herramienta, que a mi, me ha ayudado a transitarlo mucho mejor.
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Empleado Desconfianza
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