Piedras y Flores
Piedras y Flores.
René,
Hace unas horas, mientras intentábamos lanzar piedras en la orilla del mar para que hicieran “patitos” te hice una pregunta. Una como varias que te hago de forma espontanea y por las que, pronto, me voltearás los ojos, recién estrenada tu adolescencia: “¿Qué son más hermosas, las piedras o las flores?”
Traje la pregunta a mi mente, mientras metía las manos y extraía varias piedras del borde del mar. Mientras elegía las mejores y observaba las combinaciones de formas, tamaños y colores, recordé un viejo amigo, tan viejo que ya no sé quien era: Éramos adolescentes y había decidido reglar una piedra a la niña que le gustaba. ¿Una piedra? Sí. Y ante la extrañeza de la pretendida, remató: “Una piedra, a diferencia de una flor, nunca se marchita”.
¿Le funcionó? No recuerdo —seguramente no—. O quizás sí, por un tiempo. Como suele pasar en esas relaciones iniciales. ¿Fue una genialidad narrativa o una estrategia tacaña para ahorrarse el costo de un elegante bouquet (amo la palabra buqué)?
Sin duda fue duramente bulleado por varios amigos cuando compartió su cursilísima hazaña. ¿O nos quedamos sorprendidos por tan ingeniosa aproximación? No tengo idea.
Hoy, mientras sumergía mis mano para sacar un puñado, y escoger las mejores para los lanzamientos, las observé con el detenimiento que rara vez le regalamos a las pobres piedras. Las habían en muchos tamaños, formas y colores. Unas con los bordes redondeados, otras más azules, algunas alcanzaban dibujar líneas con diferentes “capas”, como los bordes de las montañas que muestran el tiempo en niveles, pero en miniatura.
“¿Qué son más hermosas, las piedras o las flores?” Te insistí. La primera vez no le pusiste mucha atención a mi absurda pregunta. Me respondiste: “Las flores”.
Sabías que no me conformaría. “¿Por qué las flores?” “Porque son más bonitas”. Respuesta con el esfuerzo del hastío de tener que justificar una verdad a todas leguas indiscutible. O el aburrimiento de filosofar con papá en medio del juego. “Pero, ¿por qué?” “Por sus colores” Al fin un argumento. “Y ¿una flor es más bonita que un diamante?” Disfruto retar tus respuestas para profundizar la reflexión, aunque a tu edad, a veces te saco de quicio. “No, un diamante es más bonito que una flor, por su forma”.
Color y forma. Dos argumentos. ¿Rareza tal vez? ¿Escasez? No sé que tanto sepas hoy del valor relativo de un ramo de flores vs un diamante, o si tu cerebro ya tiene integrado que las piedras están ahí, inmóviles, en casi cualquier lugar donde hay naturaleza, y por lo tanto lo común les resta belleza.
Vuelvo al argumento de mi antiguo amigo el romántico. ¿Es valido? al menos el intento mercadológico es digno de reconocimineto, pero confunde un objetivo esencial de su regalo: ¿Qué es lo romántico?
No es el significado de la flor lo que disfrutan las mujeres, sino cómo las hace sentir recibirlas. Las flores, el símbolo, los colores, y, quizás también, la impermanencia. El ramo que estará ahí, adornando un espacio en un florero sólo por unos días. Pasar frente a él y recordar al novio que se detuvo en un puesto, pagó, caminó-manejó-se-trasladó ante las miradas semiburlonas de otros hombres y los suspiros anhelantes de otras chicas, hasta su casa. Regalar una flor como un mini-rito de paso, de valentía, de arrojo. Eso las hace más hermosas aún, la carga de emociones y las historias que la enamorada se cuenta, cada vez que las ve.
Ya después pedirá su roca, su diamante. Sin duda. Es curioso que el compromiso siga la trayectoria flor-piedra, ¿no lo crees? De lo bello a lo brillante, del arrojo a las certezas, del enamoramiento a la formalidad.
Todo esto pasa por mi cabeza mientras intentas lograr un patito en el mar. Una y otra vez elegimos las rocas más achatadas, más redondas, más ligeras para buscar, al menos, dos rebotes. El efecto emocionante de—por un segundo— pensar las piedras también pueden volar.
Así pasan minutos, quizás media o tres cuartos de hora. Ola tras ola. Patito tras patito en esta playa que se parece mucho a las otras playas en las que hemos estado. En esta tarde que se parece mucho a otras tardes que también hemos compartido. En esta vacación que puede confundirse, con el pasar del tiempo, con otros viajes, otras playas, otras tardes, otras piedras que lanzamos al mar. Las preguntas, y pensamientos, que ya habremos olvidado para cuando aparezca este texto y quizás, en algún rincón de tu memoria, o por simple reconstrucción imaginativa, creas recordar esa tarde, en esa playa, en esas olas, lanzando esas piedras en ese mar, sin flores, sin ninguna aventura memorable, sin ningún otro suceso notable que una absurda e irrelevante pregunta. ¿Qué es más bello?
Es 30 de diciembre del 2025. Estamos en Puerto Vallarta. Una vacación que va significar mucho, aunque hoy no signifique nada.
Tu Papá.



¡Bello y poético, hermano!