Ulises, el Buda.
El mar, un río.
El viernes me senté en el cine solo por primera vez en toda mi vida. Me encantó hacerlo y me encantó que fuera en una película larga, intensa. Una de esas historias que prevalecen durante siglos, primero a través de la tradición oral, y después, en palabras escritas como emergen los clásicos universales: La odisea.
Ese mismo día terminé también de releer Siddharta, de Herman Hesse, gracias a la recomendación de mi amigo Luis.
Dos historias, dos viajes. Dos metas tan diferentes, con trazos compartidos del complejo mapa de la existencia humana, del mito heroico, el que se va y regresa, sin ser el mismo.
Ulises, obstinado con el deber de los dioses, se enfrenta en una extensa guerra contra los Troyanos. El famoso caballo, la trampa que funciona por la buena voluntad de los hombres ante las leyes divinas. El triunfo que siempre esconde una derrota. No existen verdades sin paradoja. Sí, algo sagrado se rompe con la trampa. Algo que invita a que se instale el mal de la desconfianza.
El joven aprendiz de Brahmán deja el dogma de sus aprendizajes y las comodidades del palacio para emprender un camino, primero, de sufrimiento y desapego. Los Samanas que prometían cumplir con su meta: el logro espiritual en la renuncia de lo material.
Pero algo deja de hacer sentido en la lejanía de los demás, en el dolor constante. Renuncia a los Samanes para buscar al famoso Gautama y sus enseñanzas. Pero se vuelve innegable la intuición que emergió al verlo a los ojos: No existe el camino a la iluminación que se pueda enseñar, la experiencia es el códice.
Ulises decide cambiar de ruta y se mete en problemas. Quizás sobrado de su éxito en batalla, quizás con ganas de prolongar el viaje, incluso en la profunda paradoja ¿qué no era regresar su máxima ilusión?
El Joven Siddharta reconoce que sabe hacer poco, pero eso poco le confiere grandes ventajas: Meditar, guardar silencio, ayunar. Decide rendirse a los placeres de la bella Kamala y sus habilidades lo convierten pronto en un exitoso mercader. Decide someterse al juego de lo humano, las apuestas, el placer. La flama cultivada de su propia consciencia parece ensombrecer, con los años de confusión, como la memoria de Ulises con las hojas del loto.
Ambos olvidan, por un tiempo, para qué estaban viviendo.
Sin embargo, el destino de un hombre es imborrable. Y una chispa es capaz de revivir los para qués más profundos.
Así Siddharta decide, nuevamente, dejarlo todo. Vivir junto al río, que se convierte en su maestro, metáfora y vehículo. El agua, nuevamente el agua, invita a Ulises a rendirse para volver. Soltarse ante las deidades más furiosas, soltarse de su propia supervivencia para confirmar su inmortalidad. Poseidón lo sacude, la furia divina que no perdona los errores pero termina por respetar el destino valiente.
Kamala, su hijo, los regalos inesperados, Siddharta reconoce en el amor el origen del sufrimiento y su mente se revuelve en la paradoja que parece no soltarlo. El desapego, en el fondo, es la gran renuncia a vivir, a sufrir, a jugar los juegos del hombre que ama, que desespera, que busca huir de su propia condena que es también, su mayor placer.
Ítaca, en decadencia, aquella que sirvió sólo como promesa, no tendrá mucho más que ofrecerte, y aunque la halles pobre, como sentenciaba Kavafis, Ítaca no te ha engañado.
El viaje, las batallas contra cíclopes y lestrigones, los embates del colérico poseidón, nos recuerda Konstantino, son en realidad batallas contra nosotros mismos. Contra los cantos de la sirena del placer suicida. Contra nuestra terca tenacidad de seguir el propio camino, e ignorar las contradicciones de nuestras deidades.
Pide que el camino sea largo. La vejez, del sabio Siddharta que refleja en sus ojos al Buda, al asesino, al pez que nada el río, a cada troyano traicionado, a la bella penélope y la diosa Atenea, a todos los abusadores, al mal, al bien, al agua, a la mirada incomprendida del hijo, al padre ausente, a las envidias de hombres y hombres que desviaron su camino, y a todos los que al traicionar se traicionaron.
El bien, el mal que siempre se abrazan.
El éxito, el fracaso, dos impostores.
Y un río.
Atraviesa los canales subterráneos de nuestros ancestros, emerge en manantiales de potencial, corre por laderas transformando el entorno, enfrentando piedras, calor, obstáculos, cascadas. Que desemboca tras su largo recorrido en la magnitud infinita. El mar. El vapor. La lluvia que regresa y se cuela entre calizas y tierra para jamás haberse ido de los mantos invisibles.
Para Siddharta, la meta era encontrar la paz.
Para Ulises, volver a Ítaca y abrazar a Penélope.
Los dos lo consiguieron.
Todos lo conseguimos.
Todos seguimos en el camino.
Nadie ha conseguido nada.
El río sigue siendo río. Vapor, brote, rápido, cascada, delta y mar.
Al mismo tiempo. Todo el tiempo.
Igual nosotros.
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Empleado Desconfianza
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