¿Vale la Pena?
Vipassana Goenka.
Es el día nueve y me siento con el maestro en la breve entrevista de la 1PM. Frustrado, con los ojos llenos de lágrimas de enojo y dolor, no puedo más que pronunciar pocas palabras. No estoy pudiendo, mi mente está de regreso con todo, estoy desesperado y cansado.
El maestro responde que es exactamente lo que vine a hacer. A trabajar sobre la realidad que es. El enojo, la desesperación y la frustración no son más que el resultado de un ego que no está cumpliendo las expectativas. Y no puede tener más razón. El curso está por terminar y aún no ha llegado la gran revelación, la idea que lo cambiará todo. El insight que se convertirá en una poderosa llave maestra que abrirá las puertas a la felicidad. ¿Entonces para que todo esto?
Me manda a hacer rondas de caminata enfocando la atención en las sensaciones. Evitar pensar, es la instrucción. El trayecto en un breve camino de pasto, de unos 20 o 30 metros. Después, acuéstate y sigue observando las sensaciones en el cuerpo. Sigo sus ordenes, en breve me quedo profundamente dormido. Esa no lo pidió, pero intuyo que es parte de la “ayudadita”.
No es la primera vez que me expongo a un proceso “intenso” de trabajo personal. Y mi recorrido ha sido extenso y variado, desde dietados selváticos hasta seminarios gigantescos en formato-americano. Han sido experiencias muy diversas en su profundidad, su desgaste físico, sus metodologías y reglas. Y la pregunta que muchas personas hacen cuando se los comparto es ¿Lo recomiendas? ¿Vale la pena?
Pagar un dineral por ver a Tony Robbins, o aislarte de la civilización para profundizar en un dietado de ayahuasca son experiencias tan subjetivas que mi respuesta es siempre la misma. No vayas sólo porque alguien te lo recomienda. Hay una sutil diferencia en la búsqueda que escarba a la que aspira a encontrar el “santo grial” que solucione la vida. Confieso que mis propias exploraciones han tenido ambas motivaciones, pero resulta más provechoso tener cierto desapego al resultado y adentrarte a descubrir lo que el propio proceso trae a la superficie. No hay error en la motivación, hay desilusión cuando hay apego a la motivación.
¿Vale la pena?
En inglés la traducción más cercana es “Is it worth it?” durante años la misma construcción gramatical de la pregunta en ingles me sacaba de onda, ¿no sería más acertado decir “does it worth it”? ¿Y donde queda la pena? ¿Por qué el criterio de decisión en español es con relación a una “pena” cuando en inglés es hacia el valor-riqueza? Y no sólo el valor-riqueza en el hacer, sino en algo implícito en el “it”. Es eso valioso en el eso. ¿Será que la naturaleza de cómo enfrentamos la vida está condicionada —también—por estas sutilezas del lenguaje, donde en español relacionamos las decisiones a la “pena” y no el valor?
Pues regreso a la pena. Sustituyo la pena: dolor ¿Vale el dolor?
Vipassana: Aceptar las cosas tal como son.
Uno de los fundamentos del Budha Gautama, quien vivió hace 2,500 años y se iluminó bajo un árbol a los 35 años.
¿Cuál fue su gran revelación? in-a-nutshell: Los seres humanos sufrimos por dos razones, porque experimentamos aversión, o experimentamos deseo. Algo que no me gusta, lo quiero evitar; algo que disfruto, lo quiero perpetuar. Esto constituye el apego y el apego contraviene una ley universal:
Anicha: La impermanencia. Todo cambia.
El placer más extático, y el dolor más abrumador. La armonía relacional y las rachas de desencuentros. La vida, la edad, las estaciones. Tu estado de ánimo mientras lees esto. Anicha.
Vipassana de la escuela de Goenka, un obsesivo Birmano que expandió esta técnica de regreso a la India y después a muchos países del mundo, es —según las palabras del mismo Goenka— la preservación más pura de la técnica que enseñó el Budha, justamente para lograr el anhelado desapego.
Porque sí, seamos honestos, suena muy bien eso de no apegarse y aceptar las cosas, y no engancharse en lo que nos produce placer, pero la realidad es que vivir sin “cravings”, sin reacciones emocionales a los que nos sacan de quicio, y en absoluta ecuanimidad, no se logra sólo porque entendimos el concepto. Si entender fuera sinónimo de cambio conductual, nadie tendría conductas autodestructivas como fumar cigarro o beber alcohol. Entendimiento racional y cambio conductual están a miles de kilómetros de distancia.
¿Que es lo que las une? El camino de la práctica. El reconocer todos estos conceptos en el único espacio donde la experiencia REALMENTE se lleva a cabo: el cuerpo.
Y aquí es donde entra la parte nada sexy. Donde la meditación deja de ser un ejercicio aspiracional de relajación o presencia superficial, y se convierte en un campo de batalla contra las semillas del sufrimiento. La mente, la falta de presencia que conduce a la desconexión. La desconexión que nos impide reconocer las sensaciones que rápidamente son interpretadas como agradables o desagradables y que antes de que cualquier proceso mental lo pueda anticipar, ya generaron una reacción de aversión o deseo.
Entonces el campo de entrenamiento se construye así: para reconocer las sensaciones la mente tiene que estar afilada. De ahí que haya absoluto silencio y cero distracciones —el espacio no tiene ni una imagen, una vela, un colguije, un ommm ni nada que te haga pensar en un retiro de meditación.
La actividad es sentarte a meditar por más de 10 horas diarias con un objetivo: empezar a reconocer las sensaciones, y al reconocerlas, con la mente presente y en calma, evitar reaccionar ante ellas, ni con aversión, ni con deseo o apego. ¿Suena chingón, no? Sí, hasta que aparecen las llamadas sensaciones gruesas intensas. Un lindo eufemismo para describir los dolores posturales, musculares intensos propios de sostener una postura durante tantas horas. Ahí comienzan los madrazos ¿puedes mantener la ecuanimidad presenciando el dolor? ¿puedes integrar su condición de Anicha —impermanencia— para simplemente seguir 1, 5 o 25 minutos más sin reaccionar, sin moverte demasiado, sin cambiar de postura, sin mentar madres internamente?
Ahí la práctica. Ahí el entrenamiento. Nada de visualizaciones mágicas de deidades, energía o iluminación de los chacras para desbloquear la abundancia; nada de mantras repetidos, o respiraciones pranayamicas. Estar sentado, en total atención a las diferentes sensaciones en el cuerpo en ecuanimidad, sin reaccionar, acumulando virtud, y —como lo propone el propio Goenka en sus grabaciones vespertinas— purificando la mente de los Samkaras (que son como una especie de karmacoins que se acumulan cada vez que sucumbes al deseo o la aversión) para quitarles fuerza, para desvanecerlos. Y entonces sí, con una disciplina continua, dedicada y estricta, lograr la iluminación.
Nos vemos en unas 25 vidas.
Termina mi “ayudadita” y regreso al salón de meditación para una sesión de 1 hora de postura fija. Es la 6ta hora de meditar del 9no día. El dolor sigue, pero mi mente está un poco más en calma.
Los retiros de Vipassana son gratuitos y los que ya participaron pueden hacer donativos para fondear a los nuevos estudiantes. La logística, operación y orden del espacio es impecable. Congruente con su enseñanza. El mismo Goenka, que murió en 2013, sigue guiando cada meditación y cada charla a través de un sistema de grabaciones que corren al minuto como reloj suizo. El último día los alumnos, ahora llamados “alumnos antiguos”, limpiamos las instalaciones. Elijo el baño emulando “Perfect Days” que recién había descubierto y mientras tallo las orillas de las regaderas para que el siguiente grupo las encuentre impecables, me doy cuenta que experimento mi momento más feliz de los últimos 10 días.
¿Valió la pena? La pregunta ya ni siquiera es relevante. O quizás pase mucho tiempo antes de poderla responder con honestidad. No, no obtuve lo que buscaba, quizás ni tenía tan claro que buscaba. Pero, tragándome nuevamente mis palabras, los procesos más difíciles cuestan darles sentido al inicio, pero son enormemente transformadores en el tiempo. Ese tiempo impermanente. Ese tiempo que modifica conceptos, y filosofías, y tradiciones, y prácticas, y tecnologías.
Pero que el Vipassana Goenka se jacta de haber conservado intacto 2,500 años. Y que con estrucutra compulsiva, audios, manuales, su actual escuela busca conservar durante otros 2,500 más. Quizás ahí también se esconde una paradoja: sostener la práctica impoluta como una lucha ante su fundamento esencial: La impermanencia.
En fin, en cada verdad hay paradoja.
Empleado Desconfianza
Mi novela publicada en la colección Letras de Plata, de Editorial Urano, está también disponible en Kindle. Comprala aquí.




Querido hermano: recuerdo que tenías esta práctica dentro de las cimas más difíciles de escalar que podías imaginar en tu vida. Y hete aquí, limpiando el baño y asimilando lo que diez días de meditación de 10 horas diarias (el temible y anhelado 10 x 10) te han dejado. Nunca obtendremos lo que esperamos, pero siempre lo que somos. Lo que somos en el momento en que lo hacemos y lo que seguimos siendo, cada día posterior, en el momento en que nos volvemos a sentar en aires de ecuanimidad y consciencia de la impermanencia. ¿Vale la pena? ¿Vale el valor? ¿Vale el dolor? Lo vale tanto como vale vivir. Y da fe de que sigues caminando el único sendero que vale la pena, el valor y el dolor: el sendero hacia ti mismo. Un abrazo y felicitaciones.